

Un jugador termina un partido difícil. Bastan unos segundos para que, en lugar de hablar del esfuerzo que hay detrás del fútbol profesional, los comentarios se llenen de calificativos como “malo”, “paquete” y otros mensajes que, aunque parecen simples palabras escritas desde un celular, pueden tener un peso mucho mayor para quien los recibe.
En el fútbol es normal que exista la crítica. Los hinchas tienen derecho a expresar su inconformidad cuando consideran que un jugador no ha rendido al nivel esperado. Esa es parte de la pasión que mueve este deporte. Sin embargo, una cosa es analizar el rendimiento y otra muy distinta es reducir a una persona a un insulto.
Con frecuencia olvidamos que detrás de cada camiseta hay un ser humano. Alguien que entrena todos los días, que hace sacrificios físicos y personales, que se somete a procesos de recuperación, que convive con la presión de competir y que, como cualquier persona, también experimenta frustración, miedo, tristeza y ansiedad.
Las redes sociales han hecho que la distancia entre el aficionado y el futbolista prácticamente desaparezca. Antes, una crítica se quedaba en la tribuna o en una conversación entre amigos. Hoy llega directamente al teléfono del jugador. Un comentario puede parecer insignificante para quien lo escribe, pero repetido cientos de veces puede convertirse en una carga emocional difícil de ignorar.
Y esa carga no siempre termina en el futbolista. En muchas ocasiones también alcanza a su familia, que observa desde la distancia cómo un hijo, un hermano, una pareja o un padre recibe insultos y descalificaciones. Ellos tampoco juegan los noventa minutos, pero terminan compartiendo el dolor que pueden generar unas palabras escritas con aparente facilidad desde una pantalla.
Como explica Laura Servós, especialista en psicología deportiva, “los pensamientos negativos y el miedo a cometer errores generan altos niveles de ansiedad en los futbolistas”. Servós subraya que “cada gesto es analizado por millones de espectadores” y advierte que “juzgar sin contexto aumenta la presión psicológica y el riesgo de autosabotaje”. Ante este escenario, la experta recomienda gestionar la tensión mediante estrategias que fortalezcan la confianza y la resiliencia.
Por su parte, Andrés Díez, desde su experiencia como entrenador, advierte sobre la “fusión de identidad”, un fenómeno en el que el rendimiento del jugador termina siendo juzgado como una extensión del propio ego del entrenador. Díez considera que “juzgar un error aislado como si definiera al jugador es peligroso”. Para él, el control nunca es absoluto y el error forma parte del proceso competitivo. Por eso, propone liderar sin culpa, aceptar la imperfección y ofrecer retroalimentación constructiva en lugar de juicios impulsivos.
Finalmente, Teresa Messía, experta en comunicación y bienestar, analiza cómo las críticas externas, especialmente en redes sociales, afectan el equilibrio emocional del deportista. Messía advierte que “los juicios destructivos sin argumentos generan ansiedad competitiva, obsesión por la opinión ajena y desconcentración”. Por ello, anima a los jugadores a diferenciar la crítica constructiva de la destructiva, establecer límites frente al consumo de comentarios y comprender que muchas veces las críticas hablan más de quien las emite que de quien las recibe.
Criticar el juego es válido. Decir que un futbolista debe mejorar un aspecto táctico, técnico o físico hace parte del debate deportivo. Lo que deja de aportar es el ataque personal, el insulto fácil y la descalificación que desconoce el trabajo que existe detrás de los noventa minutos.
Antes de publicar un comentario, conviene recordar que quien puede leerlo no es solo un futbolista. También puede hacerlo su madre, su padre, sus hermanos, su pareja o sus hijos. Las palabras que parecen perderse entre cientos de mensajes muchas veces encuentran un destinatario que las siente profundamente.
Tal vez la próxima vez que escribamos un comentario en redes valga la pena hacernos una pregunta: si esa misma frase estuviera dirigida a un familiar, a un amigo o incluso a nosotros mismos, ¿seguiríamos pensando que es solo una opinión?
Porque, al final, detrás de un uniforme, de un dorsal y de un escudo sigue habiendo una persona. Y también una familia que siente con él. Y eso nunca debería olvidarse.